La dignidad de Boateng

Mediaba la primera parte en Busto Arsizio en el amistoso Pro Patria-AC Milan cuando Kevin Prince Boateng dijo basta. Desde el inicio del encuentro tanto él como Muntari, M’Baye Niang y Emanuelson había sufrido la xenofobia de parte del público local. ¿Su crimen? El color de su piel, como si ser blanco, amarillo o moreno fuera mejor o peor. Es lo mismo, lo que cambia es el tono de piel, algo que se aprende en la escuela pero que siguen rechazando aquellos racistas anclados en un pasado por fortuna cada día más lejano.

Boateng encaraba a un rival, se desquició con lo que escuchaba en la grada, agarró el balón con las manos y disparó en dirección hacia los impresentables harto de escuchar improperios. Si bien se entiende la reacción dentro de un marco de crispación, quizá una madre o un niño que no tenían nada que ver podían haber sufrido un pelotazo, aunque afortunadamente el balón impactó en la grada. El 10 del Milan primero discutió con el árbitro y algún rival, y pocos segundos más tarde se retiró del terreno de juego en medio de la ovación de la gran mayoría de los tifosi que acudieron al evento, siendo secundado por el capitán Ambrosini, por sus compañeros y posteriormente respaldado desde la institución rossonera.

Se pueden debatir muchas cosas acerca de lo que se dice en la tribuna de un estadio. Yo he acudido a partidos en directo en lugares tan dispares como España, Italia, Argentina e Irlanda, he escuchado de todo y nunca ha sucedido nada. No defiendo lo que pasa en las gradas, donde no conozco a nadie que no haya insultado nunca a un contrario -otra cosa es el cómo y el grado-. Me parece reprobable, si bien lo veo como un problema de civismo y educación, ya que siendo cierto que Boateng tiene todo el derecho -y mi apoyo- a retirarse del terreno de juego por los insultos racistas recibidos, también es verdad que cada persona es hijo de su madre y de su padre, tanto el lateral koreano como el mediocentro sudamericano o el extremo del Este de Europa, así como los árbitros, los técnicos y los que llenamos el cemento ataviados en nuestros colores y dando rienda suelta a veces a pasiones demasiado exaltadas.

Que lo de Boateng no quede como un simple gesto en un amistoso intrascendente. Es mucho más que eso. Pero ojalá nos sirva a todos para reflexionar que a un estadio no se va a insultar de ninguna manera a nadie, sino a pasar un buen rato con los amigos y/o la familia. Todo sea por la dignidad de un fútbol cada día más viciado y lejos de los valores que dos siglos atrás lo distinguían como un “deporte de caballeros”. Del granito de arena que pongamos cada uno dependerá que así sea.

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