¿Mediocridad o crecimiento?

¿Qué motiva más al aficionado, la gloria o la nada? ¿Qué recuerdan más y mejor los hinchas de un equipo, sus temporadas apáticas o aquellas en las que alzaron un título? ¿Se siente más orgulloso el hincha del Betis por su última Copa del Rey el curso en que se clasificaron para Champions o estos años alternando Primera con Segunda? ¿No recuerdan con mayor gusto los seguidores del Sporting o Las Palmas cuando pugnaron por el campeonato de Liga que ahora que sufren en la categoría de plata? ¿No es el orgullo de la gente del Arenas de Getxo o la del Real Unión sus títulos de Copa mucho más que sus actuales realidades en las categorías inferiores del fútbol español? Lo mismo podríamos decir del Huddersfield Town en Inglaterra, de la Pro Vercelli en Italia, del AEK Atenas en Grecia, de Ferro en Argentina, de Botafogo en Brasil y así con un millón de ejemplos más. La historia y la afición son TODO para los clubes. T O D O.

Sin embargo hay jugadores y clubes que no lo ven así. Viven el momento. Ganan dinero, mucho más que los directivos y futbolistas que desempeñaron esos roles décadas atrás. La entrada de capitales ingentes desde los años 80 a esta parte ha ido potenciando los fichajes, haciendo muchos millonarios por el camino, profesionalizando y llevando todo lo posible al terreno de la mercadotecnia, pese a lo cual el hincha nunca ha dejado de estar ahí. El jugador, eso sí, cada vez tiene menor apego por los colores que ‘defiende’. Lógico en parte teniendo en cuenta que a lo mejor no tienes ganas de arriesgar tu salud o dar una carrera más cuando tu club está en Estocolmo y tu ciudad natal en Tel Aviv, en Argel o en Guayaquil. ¿Cómo realizar sacrificios por algo por lo que no se tiene apego? Aún así esta afirmación no es del todo justa, ya que hay jugadores y aficionados a miles de kilómetros de sus clubes que los sienten mucho más que aquellos que son del propio barrio.

Pienso en el fútbol moderno con sus aspectos positivos y los negativos. Como beneficios pienso que en los 70 un tratamiento hormonal como el de Messi no hubiera sido posible. Tampoco habríamos visto a un tipo tan bien entrenado como Cristiano. A saber qué hubiera sido de ellos en la época de Kubala, Di Stéfano, Schiaffino… o de éstos en la actualidad. Como contrapunto aparece lo que comento en los dos párrafos anteriores: muchos de los que mandan y juegan no valoran la historia de sus clubes, además que muchos de los deportistas que componen sus plantillas no sienten arraigo por la ciudad, los colores y la gente a la que están representando.

Partiendo de esos presupuestos, ¿cómo podemos esperar en Málaga que a su cúpula y a sus jugadores les importe lo que siente la afición? El dueño de la entidad vive en Oriente Medio, acude poco a ver al equipo, les paga tarde y lleva años prometiendo mucho más de lo que cumple, que últimamente es nada. Esto cala en los jugadores, muchos de los cuales no estaban cuando el conjunto malacitano disputó la Champions en el curso 2012/13. Ya sin ése impulso, los nuevos chavales han perdido a los referentes que por calidad y experiencia tiraban del vestuario. Salvarse vuelve a ser el objetivo, realista y loable, que han cumplido a la perfección esta temporada. A cualquier malaguista que le hubieran ofrecido finalizar la Liga en 17ª posición, es decir salvados, habría firmado sin dudar. Hasta ahí perfecto.

Pero lo que en el club parecen no querer comprender es que no solo han desperdiciado una irrepetible oportunidad histórica sin parangón para la entidad y la ciudad. Aquí (porque yo escribo desde la capital costasoleña) nadie ha vivido jamás una final de Copa. No porque haya que remontarse muchos años, si no porque la institución malacitana nunca la ha alcanzado. Lo peor no es la eliminación ante un Athletic Club lejos de su mejor versión, si no el hecho de no haber luchado nunca por clasificarse a semifinales (hubiera sido la 2ª vez en la historia del club). Prácticamente salvados en Enero, hito sin precedentes gracias a la excepcional e inesperada primera vuelta, podían haberse volcado en la Copa que nadie les habría reprochado cierto relax liguero. O al revés, haber tirado la Copa porque querían pelear por los puestos 4º al 6º en Liga. Nada de eso ha sucedido en una segunda vuelta mediocre en la que desesperación y desilusión han calado en parte de la siempre animosa hinchada ante la apatía constante de sus futbolistas.

¿Qué había que perder? Hay quien dice que jugar en Europa hubiera comprometido la permanencia la próxima temporada. ¿Es que acaso no jugar Europa League asegura un puesto en Primera? ¿Cuál es el objetivo de estar en Primera si no es competir con los mejores y avanzar cada día? ¿Hay que conformarse siempre con ser otro club del montón sin soñar con cotas más grandes que este año estaban al alcance? De haberle puesto ganas sobre el césped nadie hubiera reprochado nada, incluso con una racha similar a la vivida en el tramo final del campeonato. Pero lo que más duele es no haberlo intentado, porque hay veces que se quiere y no se puede, pero lo seguro es que si no se quiere jamás se podrá.

FOTO: malagacf.com

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